De las cosas que más desgastan en esta vida profesional, después de un estreno, creo que es llegar a una final. Pases o no, al día siguiente vienes a estar tan jodido como si hubieras hecho tres clases de baile, una maratón y dos clases de canto a pleno pulmón intentando alcanzar el mi sobreagudo.
Ayer llegué a la final de El Rey de bodas. Dado que mi aparato digestivo ha sufrido cambios en su, digamos, ritmo habitual, acelerando asombrosamente su frecuencia, decidió, por cuenta propia ,vengarse de tal desgaste exigiendo a su propietaria (osea, yo) su compensación por tamaño esfuerzo semanal. Dado que mi pacto con el espejo esta semana estaba zanjado (aunque bien sé yo que me sobran kilos) mi estomago y yo fuimos acto seguido del "No sigues con nosotros" a Viena Capellanes a por uno de mis dulces preferidos: palmera glaseada. Mmmmm Con un poleo menta. No me digas por qué, pero me lo pidió el cuerpo.
Al llegar a casa la cadena fue la siguiente: siesta (2 horas), tres lonchas de serrano, mendrugo duro de pan (a mi me encanta), polo de horchata (ñam, ñam), unas cinco lonchitas de lomo embuchado, bolsa de palomitas de microondas que no pude terminar, siesta (otras 2 horas), otro polo de horchata, una bolsita pequeña de pipas sabor Tijuana (grrrrr) y hora de dormir (esta vez 10 horas).
Hoy sé que por lo menos tengo un kilo más en cada pierna. Me da igual. El azucar y la siesta me ayudan a superar los malos tragos. ¡Menos mal que no sufro muchos! Mi enhorabuena a los que sí quedaron y mucha mierda.